Hay algo casi obsceno en la liviandad con la que hablamos de la guerra desde el sillón. Lo pienso mientras leo, entre mate y mate, los titulares que me llegan sobre Irán, Israel y Estados Unidos. Titulares que se pisan, se contradicen, titulares que parecen diseñados para que uno elija un bando como quien elige un cuadro de fútbol.
Y yo opino. Opino con una seguridad desproporcionada al nivel de información que tengo. Opino sin haber pisado nunca Teherán, sin comprender del todo qué significa la autoridad religiosa del ayatolá, sin dimensionar lo que representa una figura como Ali Jamenei en la arquitectura espiritual y política de su país. Opino sin entender cómo conviven siglos de tradición religiosa, heridas coloniales, intervenciones extranjeras y disputas geopolíticas en una región donde la paz no es un estado natural sino un hilo tensado al límite.
Desde acá todo parece simple: uno es el agresor, el otro el defensor. Uno es el “mal”, el otro el “bien”. La narrativa, los discursos y los fundamentos cambian según la pantalla que uno mire, según el algoritmo que nos haya adoptado como ganado digital. Y nosotros, disciplinados consumidores de certezas infundadas, repetimos.
Repetimos que el conflicto empezó “ahora”, como si no fuera la consecuencia de décadas, o siglos, de decisiones, traiciones, pactos secretos, guerras sin titulares y disputas por territorio, identidad y fe. Repetimos que la respuesta fue “inevitable”. Repetimos que la escalada era “necesaria”. Repetimos sin saber qué significa vivir en una sociedad donde un líder religioso no es apenas un político, sino la encarnación de un guía.
No conozco, y sin embargo opino. Porque opinar da identidad, porque posicionarse da pertenencia, y porque declarar dónde está el “bien” y dónde el “mal” nos permite dormir tranquilos en esta ficción a la que llamamos mundo. Pero la realidad es bastante más turbia. Un misil lanzado en Medio Oriente no se queda en Medio Oriente. Una decisión en un despacho en Teherán, Tel Aviv o Washington puede alterar el precio del pan en Montevideo. Un ataque local puede activar alianzas, milicias, tratados y venganzas dormidas, que convierten al mundo en una serie de fichas de dominó donde nadie controla del todo la caída inicial, pero que una vez que comienza es difícil saber dónde y cómo terminará.
Y mientras tanto, en cada escalada, hay algo que se repite con precisión: los muertos no son los que deciden. Los que deciden no son los que mueren.
En cada guerra hay industrias que florecen. Fabricantes de armas que celebran balances positivos, empresas de energía que especulan con el miedo. Porque una vez más, la guerra se presenta como un gran negocio,….y la paz, como un obstáculo. Nosotros discutimos en redes, mientras del otro lado, cuesta no pensar que hay quienes siguen el conflicto con la lógica de los mercados, viendo como cotizan sus acciones y se llenan los bolsillos con dinero ensangrentado. En el medio quedan los civiles. Los que no tienen voz en las cumbres diplomáticas ni acciones en empresas de defensa. Los que pierden casas, hijos, futuro. Los que pasan a ser cifras en gráficos que acompañan notas de opinión como esta.
Lo más incómodo es reconocer que muchas veces no queremos entender la complejidad. Queremos indignarnos rápido. Queremos un relato digerible. Queremos que alguien nos diga quién es el villano y quién el héroe. Y queremos repetirlo. Porque es más fácil repetir que estudiar. Es más cómodo gritar que dudar. Es más rentable polarizar que explicar.
La guerra entre Irán, Israel y la participación de Estados Unidos no es un episodio aislado: es la manifestación de un equilibrio frágil sostenido por intereses cruzados, memorias históricas abiertas y liderazgos que combinan religión, nacionalismo y poder estratégico. Reducirlo a un meme es, en el fondo, una banalidad que nos deja más tranquilos y que no nos altera la existencia.
Tal vez la reflexión más dura sea, una vez más, que opinamos sin saber, elegimos bandos sin comprender y compartimos titulares como si fueran conocimiento irrefutable. Mientras tanto, en algún lugar del mundo, alguien se enriquece con cada explosión, y nosotros, desde la comodidad de la distancia, seguimos discutiendo quién tiene razón como si la razón pudiera resucitar a los muertos.
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