La guerra como costumbre

A veces miro las noticias y tengo la sensación de que la humanidad lleva siglos peleando por algo que ya olvidó. Como cuando dos personas discuten tanto tiempo que, en un momento incómodo del silencio, ninguna recuerda qué fue lo que empezó todo, pero ya están demasiado cansadas, demasiado orgullosas o demasiado heridas como para admitirlo y terminar la pelea.

Hoy se habla de Irán, Israel, Estados Unidos, de misiles, drones, bombarderos, sistemas antimisiles, amenazas en conferencias de prensa, etc, etc, etc. Un conflicto que en las últimas semanas escaló con más ataques, y que lejos parece estar de un final. Pero lo curioso no es la guerra. La guerra ya no sorprende a nadie. Lo curioso es que nadie parece poder explicar exactamente por qué sigue existiendo.

Según quién hable, las respuestas al por qué son tan variadas y distintas que asustan. Algunos dicen que es religión, otros dicen que es política, muchos aseguran que es seguridad, y los más sinceros y atrevidos murmuran que probablemente sea dinero.

El problema es que cuando uno mira de cerca, ninguna explicación alcanza del todo. Porque si las guerras fueran solo religiosas, bastaría con dejar de rezar distinto. Si fueran solo políticas, bastaría con cambiar de gobierno. Si fueran solo económicas, bastaría con repartir mejor lo que hay. Pero no….las guerras siguen.

Entonces aparecen los arsenales. Los países muestran sus juguetes nuevos como si fuera motivo de admiración y reverencia. Misiles que cruzan continentes, sistemas que interceptan misiles que interceptan otros misiles, aviones invisibles diseñados para destruir instalaciones que nadie sabía que existían. Cada avance tecnológico es presentado como una garantía de seguridad…que curiosamente obliga al “enemigo” a desarrollar algo todavía más peligroso. Al final, o al principio, da igual, todo se ajusta a una competencia absurda: todos fabrican armas para evitar la guerra, y terminan provocándola.

Tal vez la guerra no sea una decisión racional. Tal vez sea algo más viejo: una mezcla de miedo, orgullo, poder y memoria histórica que se va acumulando generación tras generación como una deuda emocional que nadie sabe cómo pagar.

Cada país tiene su narrativa: “Nos defendemos.” “Respondemos a una agresión.” “Prevenimos una amenaza.” Nadie empieza una guerra diciendo “queremos destruir cosas”, sería demasiado sincero. Siempre es defensa, siempre es necesidad, y por supuesto, siempre es inevitable.

Pensar que el planeta entero funciona como una sala psiquiátrica gigantesca donde los pacientes más peligrosos son los que tienen acceso a botones no parece ser tan loco. Ellos aprietan los botones, los demás … miramos.

Miramos mapas con flechas rojas y azules, vemos expertos explicar trayectorias balísticas como si fueran jugadas de fútbol, escuchamos palabras como “disuasión estratégica” mientras alguien calcula cuántas ciudades caben dentro de una ojiva. Y mientras tanto, en algún lugar del mundo, una persona común, con un mínimo de coherencia y lógica se pregunta: ¿Cómo puede ser que una especie capaz de enviar sondas a Marte todavía no haya aprendido a convivir en el mismo planeta?

Quizás algún día lo descubramos, o quizás la guerra sea simplemente eso: una costumbre demasiado antigua para entenderla y demasiado peligrosa para seguir practicándola o cuestionándola.

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