El día que el tiempo entró a trabajar

Uno no se da cuenta de que el tiempo pasó. Esa es la primera gran mentira que nos contamos para poder seguir funcionando. El tiempo no pasa: se escurre, se disfraza, se viste con camuflaje de lo que llamamos rutina y se acomoda sin pedir permiso. Y cuando por fin decidimos mirarlo de frente, ya no está. O peor: está, pero con cara de alguien mucho más joven que vos.

El verdadero golpe de la edad no llega con las canas, ni con la espalda que cruje como una bolsa de fideos secos. Llega el día que en el trabajo entra un compañero nuevo, joven…demasiado joven. Tan joven que, después de hacer una comparación rápida nos damos cuenta de que tiene casi la misma edad que, en mi caso, mi hija mayor.

Ahí no envejecemos: caducamos.

Porque hasta ese momento uno seguía jugando al “adulto joven funcional”. Uno era grande, sí, pero joven de espíritu, “moderno”, actualizado, con referencias culturales vigentes (o eso creía). Pero el nuevo compañero no solo trae una mochila, trae un espejo cruel donde nos vemos reflejados.

El muchacho llega con entusiasmo, con ganas, con esa energía que uno perdió sin darse cuenta, con un nivel hormonal envidiable, una sonrisa amigable y sin aparentar que tenga ninguna carga social. Saluda con un “¿todo bien?” que no es una pregunta, es una afirmación. Para él todo está bien, porque aún no aprendió que ese “todo bien”, en mi franja etaria, en realidad significa “estoy sobreviviendo”.

Y uno, desde el otro lado del escritorio, responde con un “bien, bien”, que en realidad significa: dormí mal, me duele algo que ayer no me dolía y no sé por qué sigo acá.

Después empiezan las charlas. Inofensivas al principio. Surgen esas clásicas preguntas de dónde viene, qué estudió, si vive cerca. Y sin querer….te cuenta el año en que nació. Ahí el aire se pone denso. El cerebro se tilda. Porque ese año no es un número cualquiera: es una época. Vos ya estabas trabajando, pagando cuentas, o al menos intentando entender cómo funcionaba la vida, mientras esa persona todavía no había descubierto ni el chupete. Nuevamente sacas cuentas rápidas y te das cuenta que cuando vos estabas viviendo la pandemia del COVID, viendo cómo ajustabas horarios entre trabajo, clases suspendidas de tus hijos, él, el nuevo….no había terminado ni la escuela.

En ese instante entendés que ya no sos parte del “futuro”, sino del “contexto”.

El compañero nuevo habla de cosas que vos no viviste: aplicaciones que no usás, modas que no entendés, canciones que te suenan todas iguales. Y vos hablás de cosas que él escucha con respeto arqueológico, como quien oye relatos de una civilización perdida.

Lo más duro no es la diferencia de edad. Es la naturalidad con la que ellos habitan el presente, mientras vos lo analizás, lo comparás y lo dudás. Ellos no dicen “antes”, no dicen “en mi época”. No porque no quieran, sino porque no lo necesitan. El pasado para ellos es una carpeta comprimida que nunca van a abrir.

Y ahí aparece la revelación final: no es que ellos sean jóvenes. Es que vos ahora sos el grande. El que explica. El que aconseja. El que dice “ojo con eso” y “no te quemes”. El que ve venir los errores porque ya los cometió todos…y algunos dos veces.

A esa edad tiene además una fortaleza casi envidiable: la de quedarse solo en un lugar nuevo, sin conocer a nadie, sin red, sin manual, y aun así avanzar como si fuera lo más natural del mundo. Llegó, se adaptó, pregunta lo justo y sigue. Y uno…uno lo mira con una mezcla de admiración y celos, porque recuerda perfectamente cuando tenía esa misma edad y enfrentarse a algo nuevo no era valentía sino pánico puro. Esa comparación duele un poco, pero también explica por qué hoy entendemos tanto y por qué ya no queremos volver a empezar desde cero.

Pero también, si somos honestos, hay algo bueno, positivo en todo esto. Porque significa que sobrevivimos, que llegamos hasta acá, que acumulamos historias, cicatrices, aprendizajes inútiles y algunos valiosos. Que seguimos yendo a trabajar, compartiendo espacios con generaciones que vienen empujando, sin saber todavía todo lo que les espera.

El tiempo no avisa, no manda correos ni mensajes, y por supuesto, no pide permiso. Un día simplemente entra a tu trabajo, se sienta en el escritorio de al lado…y te dice “mucho gusto”.

Y ahí entendés que hacerse viejo no es cumplir años, hacerse viejo es darse cuenta que el tiempo realmente pasó.

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