Hay momentos en la vida en los que uno descubre que el tiempo avanzó demasiado rápido. Algunos lo descubren cuando les duelen los huesos, otros cuando empiezan a decir frases como “antes esto no pasaba”, y después estamos los otros, los que lo descubrimos viendo a nuestros hijos entrar al living haciendo una coreografía perfectamente sincronizada de una canción que jamás escuchamos en nuestra vida.
No hablo de no conocer al artista. Hablo de no reconocer absolutamente nada. Ni el ritmo, ni la letra, ni el idioma, ni el origen cultural del sonido. Esa mezcla entre reggaetón, electrónica, un remix acelerado y lo que podría ser perfectamente el ruido de una licuadora moderna. Sin embargo, mi hija de 6 las conoce a la perfección. No solo la canción: la coreografía, las pausas, las miradas, los movimientos de manos, los pasos laterales y esa extraña confianza que adquieren los niños cuando sienten que el mundo entero es un videoclip.
Y ahí entendí algo terrible: los niños ya no descubren canciones, descubren fragmentos virales. “Antes esto no pasaba”, porque nosotros crecimos escuchando CD’s, casetes, radios y compilados grabados con paciencia artesanal, sin embargo, ellos crecen viendo un pedazo de quince segundos que se repite hasta colonizarles el cerebro. No saben necesariamente quién canta, ni cuándo salió el tema, ni siquiera si la canción completa existe. Para ellos la música es una excusa para el movimiento. Una plataforma de lanzamiento para una coreografía aprendida en tiempo récord.
En general no soy de colgarme en analizar, y mucho menos en creer teorías conspirativas, pero….la profesora de ritmos, sospecho, pertenece a una organización internacional secreta dedicada a introducir música desconocida en hogares desprevenidos. Porque de un día para otro empezás a escuchar cosas en tu casa que jamás habías imaginado. Canciones con nombres imposibles, versiones aceleradas de temas que uno juraría haber escuchado en un cyber en 2004, voces distorsionadas y bases electrónicas que parecen hechas por una inteligencia artificial atravesando un trastorno de polaridad.
Y sin embargo funcionan. Porque mientras uno intenta descifrar si eso es música, remix o una falla del parlante, los niños ya están completamente integrados al fenómeno. Lo bailan con una naturalidad ofensiva, te enseñan y te corrigen los pasos, te explican dónde va cada giro, y peor aún: esperan que participes.
Lo más llamativo es la velocidad con la que suceden las cosas. Nosotros necesitábamos meses para memorizar una canción, ellos vuelven de una clase y ya manejan una rutina completa y te piden que pongas la canción cantándote fragmentos de la letra para que la logres encontrar. Y no hay ensayos visibles, o prácticas diarias, simplemente absorben información como esponjas hiperconectadas con WiFi.
Quizás estos eventos sean el verdadero reflejo del paso del tiempo. No las canas, ni los dolores musculares, ni descubrir que ya saludás médicos más jóvenes que vos. El verdadero golpe generacional ocurre cuando tu hija entra bailando algo que jamás escuchaste, te mira con decepción y dice: “¿Cómo no conocés esta canción?” mientras se mueve y canta “20 20 20, 6 – 7”.
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