Hay algo profundamente fascinante en nuestra capacidad moderna para fabricar famosos de la nada. O mejor dicho, para fabricar famosos de la nada y después olvidarnos de ellos con la misma velocidad con la que apareció el primer video.
Estos días le tocó a Tim Payne. Un lateral derecho neozelandés que pasó de tener unos pocos miles de seguidores a acumular millones en cuestión de días gracias a una campaña viral impulsada por un influencer argentino. De golpe, un futbolista que hasta hace una semana podía caminar tranquilamente por cualquier calle sin que nadie le pidiera una foto se convirtió en una celebridad global.
Y mientras todavía sigo leyendo y viendo a Tim por todos lados, pienso, o mejor dicho, intento cuestionarme, cómo y por qué estos eufóricos y fugaces arrebatos colectivos pueden cambiarle la vida a una persona de un día para el otro. Un lateral derecho puede ser un héroe nacional el martes. El miércoles ya tiene una canción dedicada. El jueves algún periodista lo menciona como ejemplo de sacrificio y perseverancia. El viernes aparecen perfiles de redes sociales analizando su infancia. El sábado alguien propone ponerle su nombre a una plaza. Y el domingo, si intenta un despeje y la pelota termina aterrizando en el techo de una casa o simplemente en la tribuna del estadio, pasa automáticamente a ser responsable de todos los males de un país.
La fama moderna es una especie de préstamo emocional de altísimo riesgo. Hoy millones de personas siguen a Tim Payne. Le comentan publicaciones, hacen memes, inventan canciones y construyen una leyenda alrededor de un futbolista que hace apenas unos días desconocían por completo.
Pero el fenómeno no habla realmente de Tim Payne. Habla de nosotros. Habla de una época donde el protagonista ya no es necesariamente quien hace algo extraordinario, sino quien logra capturar por unos segundos la atención colectiva. Antes había que escribir libros, descubrir continentes o ganar guerras para entrar en la historia. Ahora alcanza con que un algoritmo te señale con el dedo y diga: “ustedes, todos juntos, miren para acá».
Y todos miramos. Porque la atención se convirtió en una especie de moneda mundial. Una moneda extremadamente inestable donde un día sos tendencia, al otro día sos un recuerdo, al tercero sos una pregunta en algún juego de preguntas y respuestas, al cuarto aparece otro fenómeno viral para ocupar tu lugar, y como quien quiere la cosa, en unas semanas alguien te vuelve a nombrar y otro a preguntar “¿quién es?”.
Quizás por eso me resulta simpático el caso de Tim Payne. Porque tiene algo de experimento social involuntario. Un recordatorio de que la popularidad ya no necesariamente guarda relación con el talento, los logros o el reconocimiento deportivo. A veces simplemente ocurre. Un clic, un video, un meme, un comentario, y de repente millones de personas deciden que sos importante, hasta que dejan de decidirlo.
Mientras tanto, Tim Payne probablemente siga haciendo exactamente lo mismo que hacía antes de convertirse en estrella mundial: marcar delanteros, correr por la banda y tratar de meter centros al área. La diferencia es que ahora, si ese centro termina en la tribuna, habrá millones de personas observando la trayectoria de la pelota.
Y millones más preparándose para olvidarse de ella mientras se escriben canciones de reproches.
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